El Real Madrid venció 3-4 a la Roma en el Olímpico tras una noche de desconcierto, cambios decisivos y una reacción fulminante en el tramo final, con tres goles que voltearon el pulso del encuentro.
La presión romana desarma el plan blanco
La Roma convirtió el arranque en una prueba de supervivencia para el Real Madrid. Con una presión alta y agresiva sobre la salida, el equipo de Gian Piero Gasperini cerró los caminos interiores y obligó a los visitantes a buscar balones largos hacia sus atacantes. La idea blanca, basada en explotar la velocidad de Vinícius, Mbappé y Diomande, ofrecía una amenaza potencial, pero también dejaba al equipo partido y sin continuidad con la pelota.
El conjunto italiano interpretó mejor ese escenario. De Roon encontró el camino del gol con un disparo que se desvió en Malen y despistó a Courtois, hasta entonces exigido por el empuje local. La respuesta del Madrid llegó con Mbappé, que recogió el balón en la frontal y encontró la red tras otro rebote, esta vez en Mancini. Fue una acción que recordó que el equipo de Carlo Ancelotti podía castigar incluso sin dominar el juego, aunque no resolvió sus problemas para enlazar posesiones.
La Roma siguió apretando y el Madrid recurrió a Courtois para sostenerse. Los locales concedieron algunos saques de esquina, pero defendieron bien esas acciones y mantuvieron el partido en los términos que más les convenían: ritmo alto, espacios para correr y dificultades blancas para progresar por dentro.
Malen castiga los errores y el Madrid se queda sin respuestas
Tras el descanso, una pérdida de Vinícius en una zona comprometida permitió a Malen atacar el área y adelantar de nuevo a la Roma. El golpe dejó al Madrid expuesto y el delantero neerlandés volvió a encontrar la portería poco después, en una acción validada tras la revisión del VAR. La distancia en el juego parecía más amplia que la que reflejaba el marcador: los romanos llegaban con más claridad y los visitantes acumulaban errores propios.
Vinícius, poco influyente, y Dumfries dejaron su sitio a Endrick y Arda Güler. El movimiento cambió la estructura del Madrid y trasladó a Valverde al lateral, una posición que el uruguayo volvió a asumir con naturalidad. Más tarde, la entrada de Bernardo Silva junto a Güler añadió un perfil de pase y control que faltaba en el centro del campo. No fue una transformación instantánea, pero sí el comienzo de una ofensiva más ordenada: movilidad por dentro, mejores apoyos y más situaciones de uno contra uno.
Valverde resumió después el cambio de actitud con una palabra: «rebeldía». El capitán reconoció que el equipo no había ejecutado antes lo trabajado y que sus propios errores habían complicado una noche que pudo afrontar de otra manera.
Tres golpes a balón parado cambian la noche
Gasperini vio cómo su equipo perdía el control cuando más cerca estaba de cerrar el partido. El técnico romano lamentó que el rival encontrara el gol con tanta facilidad y señaló que el Madrid se lanzó al ataque con todos sus recursos ofensivos. Su diagnóstico fue claro: la Roma había sido superior durante buena parte del encuentro, pero le faltaron personalidad y contundencia para proteger su ventaja.
La reacción blanca nació de la insistencia y de la capacidad de los suplentes para alterar el guion. Espí marcó el primero de la remontada en una acción revisada por el VAR; Endrick, protagonista también en la jugada del empate, añadió energía y profundidad, y Rüdiger culminó el vuelco. Los tres tantos llegaron a balón parado, una vía que convirtió cada envío en una amenaza y dejó a la defensa local sin margen para reorganizarse.
Así, el AS Roma 3 - 4 Real Madrid CF no fue el triunfo de un dominio sostenido, sino el de una respuesta tardía que cambió por completo la lectura de la noche. La Roma exhibió mecanismos y valentía, pero pagó su pasividad en el desenlace. El Madrid, en cambio, encontró en los relevos y en su empuje final una salida a una actuación irregular. En la segunda jornada de la Champions, el Olímpico volvió a ser escenario de una remontada europea blanca: no borró las dudas del equipo, pero sí confirmó que su amenaza permanece viva hasta el último balón.